y SEIS

A los siete u ocho años me disfrazaron de pistolero. O, mejor dicho, de cow boy. El fondo de la foto es un campo de fútbol de tierra o una playa de arena muy lisa, sin dunas, sin relieve. A veces pienso que toda mi vida futura fue profetizada en la docena de disfraces que vestí durante la infancia. El primero fue de mariquita. A Claudio le encantaba ver aquella foto: yo a los dos años y medio, el domingo, en la Plaza Mayor, con las antenas de lana negra y el traje rojo y el caparazón con lunares negros. Hago fotos de todos los edificios, del salón, de las falsas lagartijas, de ese arco por donde han pasado y pasarán todos los fantasmas. En otra ocasión mis padres me disfrazaron de superviviente de una isla de náufragos. Era hijo único, ni siquiera podía rebelarme con el apoyo de mis hermanos. El cementerio es tan falso que sólo admite un plano muy lejano: las cruces en el horizonte (puede ser la ubicación de la primera escaramuza entre los Dobles de los Vampiros y los dos chinos inseparables, hermanos, gemelos, pistoleros y karatecas). Antes de cow boy (o, quizá no, porque ahora recuerdo que un amigo me llamó aquel día “el Llanero Solitario”) fui arqueólogo, y al año siguiente, mosquetero. Suena la música de Morricone en el interior refrigerado del vehículo, supongo que este lugar es mítico. Legendario. Debería serlo para todos los que nos dedicamos al cine en este país. Aquí comienza todo. Hasta Buñuel comienza aquí. Y Goya. Y Cervantes. La Noche Oscura del Alma de Welles. El Quijote de Terry Gillian. Los huérfanos de Buñuel. Campos de Níjar, de Juan Goytisolo. Una vez me disfrazaron de pieza de puzzle. Ese cactus es tan fálico que tengo una erección tristísima, inacabable. Una vez busqué por todo Lavapiés maquillaje (colorete y pintalabios), pero no puedo recordar para qué. También me disfracé de jugador de la NBA, pese a mi metro setenta y dos. Tengo que irme de este infierno postatómico. A los catorce me disfracé por última vez, no recuerdo de qué. En cierta ocasión me dediqué a ver todos los álbumes de fotos de mi infancia, pero no había ningún testimonio de aquella despedida. Localicé las fotografías de carnaval. Mis fotos, disfrazado. En todas ellas estaba solo.

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CINCO

Los Dobles de los Zombies se habrán adueñado del Poblado Oeste y habrán esclavizado a las familias de los dobles humanos. Esposas e hijas de dobles profesionales atadas a cruces de madera, el sexo imberbe o barbado al descubierto, las manos espectrales y lascivas de los Dobles de los Zombies acariciándolas y ellas gritando y, por la ventana, al fondo, los Siete Pistoleros de Plata y, a su lado, en un segundo plano, su líder intelectual, Van Helsing, el cazador de vampiros y de zombies –de ficciones. Por supuesto, tras la muerte de Amenábar en una habitación de hotel de Bangkok, cuando rodaba el biopic de la vida de Michael Carradine, y tras la jubilación definitiva de Álex de la Iglesia, la gran pregunta es cuál es el lugar de un director de cine español cuando se trata de abordar la tradición pulp. 800 balas es quizá el mejor intento de delimitar un territorio personal, autóctono, para darle la vuelta desde dentro. Contra el tono grave de Los otros o de Ágora, las mejores películas de De la Iglesia (Acción mutante, El día de la Bestia, 800 balas, Asesino Cósmico) tienen el pulp no sólo en el guión, sino también en los planos, en la gramática, en la factura. No debo caer en los errores del maestro, que en Perdita Durango vendió su alma al diablo yanki y escribió bien. La escritura de Tarantino era perfecta, pero perdía la sintonía cuando tenía que perderla. El ideal sería la suma, equilibrada, de Robert Rodríguez y de Tarantino. Después de El mariachi o Planet Terror, un remake o una secuela o un homenaje a Los siete vampiros de oro tiene que ser perfectamente imperfecto. Me meto en el coche de nuevo. En la modorra de la tarde (todo fuego), me ha parecido ver los fantasmas de Carradine, Amenábar y Claudio, cogidos de la mano, salir de la sección “La Ola y el Accidente Nuclear” del Museo de la Huella futuro, bailando a lo Fellini con los de Tirant lo Blanc, Cleopatra, Paco, el Bueno, Indiana Jones, el Feo, Mad Max y el Malo.

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CUATRO

No me saco la metáfora del boxeo de la cabeza. Además, en el coche estuve escuchando la banda sonora de Rocky. Oasys, el parque temático, ha estado cerrado durante ocho años. La película se estrenará aquí, coincidiendo con su reapertura. Van a repoblar la Reserva Zoológica (los cadáveres de los animales fueron retirados recientemente, esqueletos, casi fósiles, radioactivos). Van a actualizar el Museo de la Huella (así titularé, algún día, no demasiado lejano, mis memorias). Van a ampliar el Poblado Oeste. Me han recomendado no salir del automóvil, pero no puedo evitarlo. El calor me golpea con los dos puños a la vez. Por ahí quiero que llegue Van Helsing. Por ese arco de piedra. Por el arco que pudieron atravesar Billy el Niño, Conan el Bárbaro, Lawrence de Arabia, Indiana Jones, Mad Max, Paco (el de Los hombres de Paco), Cleopatra, Johnny West, Cristóbal Colón (de Oficio Descubridor), el Zorro, Curro Jiménez, el Último Mohicano, Astérix, Tirant lo Blanc, Lucky Luke, el Bueno, el Feo y el Malo. Y tantos otros. Un Van Helsing muy anciano, con toda la tradición vampírica a cuestas, doblando su espalda, apoyado en un balcón, dispuesto a afrontar su última aventura. Ha sido convocado por un joven inmigrante de Shangai, el hijo de un anciano karateca, porque el parque temático ha sido invadido por dobles de zombies. Los Siete Dobles de los Siete Zombies. Será una película, como dijo Claudio, eminentemente realista: por eso Van Helsing es una suerte de Cyborg, ha sufrido decenas de operaciones, tiene el cuerpo repleto de implantes que han permitido su supervivencia, desde su nacimiento (ya adulto) en 1897, al borde de lo posible, hasta esta Última Aventura. Ya me he puesto en contacto con los agentes de Sancho Gracia y de John Travolta.

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TRES

En el camino hacia el Desierto de Tabernas el futuro y el pasado se van sucediendo. El aire acondicionado convierte en irreal esa atmósfera abrasada. Cada doce o quince kilómetros, un control militar con medidores de radiación. La geología, prehistórica. El accidente que sucedió y que podría volver a suceder, porque también sucedió antes, los accidentes sucesivos que nos preparan para el próximo accidente, aún por suceder, pero previsible, previsto, próximo, inminente, que pronto sucederá. Lo ancestral, acumulado en estratos, en una gama de ocres, tierras, arcillas, rojos, minerales que conducen a un mundo en que no había humanos que pudieran destruirlo y me recuerda el Pasado en los desiertos de Arizona, la Patagonia o Australia, cuando todavía no había estrenado Punk Fiction y era un documentalista, un director de no ficción. Los hijos que íbamos a adoptar, el futuro que proyecté, tantas veces, con Claudio. Las protestas para que los escombros atómicos de Italia no fueran acumulados en territorio andaluz, los activistas encadenados, la intervención de las fuerzas del orden, la construcción del Cementerio Nuclear de Huercal-Overa, la Ola, el Accidente. El hotel de Praga (la habitación del hotel de Praga, la cama de la habitación del hotel de Praga) donde vimos las imágenes de la explosión. Otro control. Mi radiación ha subido en un punto y medio en las últimas veinte horas. Los estudios de Cinecittà (el spaghetti western) y los de Almería (el chorizo western). Durante la vida y obra de Franco, mucho antes de Berlusconi. El estreno de la película, dentro de dos años: Los siete pistoleros de plata, los aplausos, la prensa, las críticas, los festivales. Este viaje, que será pasado.

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DOS

Ya he vencido el infierno burocrático. El Ministerio de Cultura, en convenio con el Ministerio de Turismo, me ha concedido una subvención de veintitrés millones de euros para que dirija el gran western español. Es una co-producción estadounidense-hispano-chino-rumana. En total, cerca de ochenta millones de euros. La Fundación Jimmy Wales, la Fundación Ford, la Unión Europa, el Fondo Europeo de Artes, el Lobby para la Subvención Pública del Cine Minoritario, el Transilvania Trust, la NCF y otras diecisiete organizaciones de todo tipo se han unido para apoyar el proyecto. Tiene que ser el motor para resucitar la provincia de Almería, en coma turístico desde el accidente del cementerio nuclear de Huercal-Overa. Y debe contar, en su reparto, con actores de los cuatro países participantes. Las negociaciones fueron difíciles. El único modo de ponernos de acuerdo fue realizar un homenaje al tristemente desaparecido Quentin Tarantino. La única película que contaba con elementos de tres de los cuatro países participantes es Los siete vampiros de oro. Estamos en la era de la fusión. No fue difícil imaginar una secuela con Van Helsing viajando desde Pequín o Transilvania; con siete pistoleros chinos inmigrados a España y expertos en artes marciales; con el pulp de la Hammer (terror & karatecas) pasado a través del legado tarantiniano; y con Almería como telón de fondo: a partir del próximo verano, será de nuevo seguro bañarse en las playas del Cabo de Gata y del resto del litoral. Son las diez y media, he cenado salmorejo, el calor empieza a ser soportable. A las siete de la mañana me estará esperando el coche de alquiler. Road movie a otro infierno.

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UNO

Alunizamos. El bochorno es un boxeador retirado que te deja en K.O. en cuanto desciendes del avión. Al instante, te empieza a sudar hasta la mandíbula. Como quien baja de un ring, agotado, siento que las escaleras convierten mis pies en losas pesadísimas. Por un automatismo de los viejos tiempos, me vuelvo para quejarme del calor: pero Claudio no está conmigo. Ya no está. No. A ras de suelo nos esperan dos soldados, enfundados en sendos trajes anti-radiación, blancos como la cal, empuñando medidores. Este proyecto se ha quedado manco sin él. Índice normal. Me siento vacío de amor (por dentro) y lleno de mierda (por fuera). Y deshaciéndome. Los contornos de la ciudad vibran y, vencidos, se difuminan, a unos cinco o diez kilómetros del aeropuerto. El sol es una puta bomba atómica que te cae encima y te noquea. Tengo que pensar en la película. Ni en Claudio ni en el bochorno ni en la sensación de estar sucio ni en los dientes que quieren caerse, en la película del oeste que empezaré a rodar a cien kilómetros de aquí, dentro de un año, si lo permiten la radiación atómica y el espíritu de Sergio Leone.

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Los siete pistoleros de plata

El 2 de abril, el ilustrador Sergio Espín y el escritor Jorge Carrión, aquí mismo, sin ir más lejos, tomarán algunos apuntes visuales y escritos sobre una posible secuela de “Los siete vampiros de oro” ambientada en Almería, con Van Helsing como protagonista y los cactus, los dobles, el esperpento y el polvo como telón de fondo.
A su derecha, los cómplices de esa operación con la marca Hotel Postmoderno.

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